Hubo un momento —no hace tanto— en el que todo parecía tener sentido.
Las interfaces eran limpias.
Las tipografías, geométricas.
Los logotipos, planos.
Las marcas, minimalistas hasta el extremo.
Era bonito.
Era elegante.
Era… idéntico.
Durante años el diseño se obsesionó con la perfección. Con eliminar el ruido. Con pulir cada imperfección hasta que nada delatase que había una persona detrás.
Y en el proceso, se nos olvidó algo esencial: las marcas no las aman los algoritmos, las aman las personas.
Hoy, en 2026, algo ha cambiado.
Las grandes casas de moda están volviendo a bordados irregulares, tipografías hechas a mano, textiles que no encajan del todo.
Las marcas más interesantes de diseño gráfico están abandonando los grids perfectos y abrazando composiciones que parecen “mal hechas”… pero que respiran carácter.
No es nostalgia.
Es reacción.
Porque cuando todo puede hacerse en segundos con IA, lo único que tiene valor es lo que no parece automático.
El lujo ya no es pulido. Es autoría.
Durante décadas, el lujo se asoció a lo impecable.
A lo simétrico.
A lo perfectamente ejecutado.
Pero el nuevo lujo es otra cosa.
Hoy, una marca es premium no porque esté limpia, sino porque se nota que alguien decidió cada cosa.
Que hubo criterio.
Que hubo riesgo.
Que hubo mano.
Una tipografía ligeramente torcida dice más que una fuente perfecta generada por un modelo matemático.
Un layout que se sale del grid comunica más que cien sistemas de diseño.
Lo humano se ha convertido en la nueva señal de estatus.
Porque solo quien tiene tiempo, criterio y visión puede permitirse no ser perfecto.
La IA ha cambiado la estética (aunque nadie quiera admitirlo)
La inteligencia artificial no ha matado el diseño.
Ha matado el diseño genérico.
Ha hecho que lo correcto, lo limpio y lo bonito ya no signifique nada.
Porque ahora todo eso es gratis.
Si una marca sigue pareciendo hecha en Canva en 2026, no es porque no tenga recursos.
Es porque no tiene personalidad.
Y ahí es donde empieza la nueva brecha.
Las marcas que sobreviven no son las que usan mejor las herramientas, sino las que saben qué no hacer con ellas.
Las que entienden que un error intencionado vale más que una perfección automática.
Por eso no trabajo con tendencias
Nunca he tratado de seguir la estética de moda.
Tratamos de construir marcas que podrían existir dentro de diez años sin pedir perdón.
Por eso hablamos de autoría.
De piezas creadas desde cero.
De tipografías con alma.
De filtros que no imitan, sino que interpretan.
En un mundo donde todo puede generarse, lo único que no se puede copiar es el criterio.
Y el criterio es diseño en estado puro.
El futuro no es más limpio. Es más honesto.
El futuro del diseño no es más blanco.
No es más minimal.
No es más eficiente.
Es más humano.
Más raro.
Más imperfecto.
Más reconocible.
Las marcas que entiendan esto no competirán por atención.
La atraerán.
Porque cuando algo tiene alma, no necesita gritar.
